5.22.2010

MARIA AUXILIADORA


Oh Santísima e Inmaculada Virgen María, tiernísima Madre nuestra y poderoso Auxilio de los Cristianos!
¡Oh Santísima e Inmaculada Virgen María, tiernísima Madre nuestra y poderoso Auxilio de los Cristianos! Nosotros queremos consagrarnos enteramente a tu dulce amor y a tu santo servicio.

Te consagramos la mente con sus pensamientos, el corazón con sus afectos, el cuerpo con sus sentidos y con todas sus fuerzas, y prometemos obrar siempre para la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.
Tú, pues, ¡oh Virgen incomparable! que fuiste siempre Auxilio del pueblo cristiano, continúa, por Misericordia, siéndolo especialmente en estos días.

Humilla a los enemigos de nuestra religión y frustra sus perversas intenciones. Ilumina y fortifica a los obispos y sacerdotes y tenlos siempre unidos y obedientes al Papa; preserva de la irreligión y del vicio a la juventud; promueve las vocaciones y aumenta el número de los ministros, a fin de que, por medio de ellos, el Reino de Jesucristo se conserve entre nosotros y se extienda hasta los últimos confines de la tierra.
Te suplicamos ¡oh Dulcísima Madre! que no apartes nunca Tu piadosa mirada de la juventud expuesta a tantos peligros, de los pobres pecadores y moribundos y de las almas del Purgatorio: Sé para todos Madre de Misericordia y Puerta del Cielo.
Te suplicamos, Madre de Dios, que nos enseñes a imitar tus virtudes, particularmente la modestia, la humildad profunda y la ardiente caridad, a fin de que, por cuanto es posible, con Tu presencia, con nuestras palabras y con nuestro ejemplo, representemos, en medio del mundo, a Tu Hijo Jesús, y logremos que Te conozcan y amen y podamos llegar a salvar muchas almas.
Haz, ¡oh María Auxiliadora! que todos permanezcamos reunidos bajo Tu maternal manto; haz que en las tentaciones te invoquemos con toda confianza; y en fin, que el pensamiento de que eres tan buena, tan amable y tan amada, y que el recuerdo del amor que tienes a tus devotos, nos aliente de tal modo, que salgamos victoriosos contra el enemigo de nuestra alma, en la vida y en la muerte, para que podamos formarte una corona en el Cielo. Así sea

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