9.27.2011

9.14.2011

Nuestra Señora de los Dolores

Nuestra Señora de los Dolores


María sufrió intensamente al pie de la cruz, junto a su Hijo; cada uno de los clavos le desgarraba su Corazón de madre.

La Iglesia, al contemplar hoy a María adolorida al pie de la cruz, exclama: "Oh Dulce Fuente de Amor, hazme sentir tu dolor para que llore contigo".

María, la Virgen Madre de Dios, es fuente de amor, purísimo y santo, desinteresado y sublime; y por eso sufre hasta lo más hondo de su ser. Nos ha amado tanto a nosotros, sus hijos pecadores, que hace suyos todos nuestros dolores, como Cristo en la cruz hace suyos todos nuestros pecados.

Todos los hombres somos solidarios los unos de los otros: nuestro bien es el bien de todos y nuestro mal repercute en todos. Lo demuestra Jesucristo en su Pasión, sufriendo por todos los hombres; lo indica María, su madre, asociándose al dolor de su hijo.

Nuestro sutil egoísmo se opone a esta ley providencial de solidaridad; por eso urge que nos acerquemos a esta Madre del dolor, fuente de amor sin egoísmo, para captar el verdadero misterio del dolor. Por eso cuando la Iglesia le pide que nos haga sentir la fuerza del dolor, para asociarnos a su pena, añade:

"Haz que mi corazón arda en amor de Cristo Dios".

Esto es lo que necesitamos todos: mucho fervor para amar a Cristo, como lo amó Ella; hondo amor para penetrar hasta su Divino Corazón; inmenso amor para hacer nuestras sus penas, como Ella hizo suyos los dolores de Cristo y los nuestros.

Pero ante todo, hay que contemplar a Cristo como Dios. Si no lo miramos así, jamás podremos comprender el misterio y la realidad del dolor que desgarra a la existencia humana.

¿Qué puede hacer el hombre de nuestros días, por fuera tan celoso de su modernidad, y por dentro tan lleno de temores y angustias? Que acuda a la Madre de la Misericordia y del amor: a María, que por los profundos dolores que sufrió, es siempre la Madre de la bondad y de la gracia, que estará siempre dispuesta a acogernos maternalmente con misericordia, para librarnos de los peligros y llevarnos hasta el corazón amoroso de su Hijo.

El Secreto del Santo Rosario

El Secreto del Santo Rosario

Nosotros también. 
Y ¿qué decir del Beato Alano de la Rupe, restaurador de esta devoción? La Santísima Virgen lo honró varias veces con su visita para ilustrarlo acerca de los medios de alcanzar la salvación, convertirse en buen sacerdote, perfecto religioso e imitador de Jesucristo.
Durante las tentaciones y horribles persecuciones del demonio, que lo llevaban a una extrema tristeza y casi a la desesperación, Ella lo consolaba, disipando con su dulce presencia tantas nubes y tinieblas. Le enseñó el modo de rezar el rosario, lo instruyó acerca de sus frutos y excelencias, lo favoreció con la gloriosa cualidad de esposo suyo, y, como arras de su casto amor, le colocó el anillo en el dedo, y al cuello un collar hecho con sus cabellos, dándole también un rosario. El abad Tritemio, el docto Cartagena, el sabio Martín Navarro y otros hablan de él elogiosamente.
Después de atraer a la Cofradía del Rosario a más de cien mil personas, murió en Zwolle, Flandes, el 8 de septiembre de 1475. 
(De “El Secreto Admirable del Santísimo Rosario”, de San Luis M. Grignion de Montfort) 
Comentario: 
Nosotros también podemos ser los predilectos y esposos de María como lo fue el Beato Alano, basta para ello que recemos todos los días el Rosario y tengamos celo en propagarlo por todas partes, entonces la Virgen nos tomará como sus predilectos y estaremos seguros contra las fuerzas del Infierno, que no podrá hacer nada contra nosotros.
Debemos enamorarnos cada día más de María, y lo lograremos si rezamos todos los días una o varias coronas del Rosario, porque ese es el modo de entrar en el Inmaculado Corazón de María, y aprender a conocer sus secretos encantos, que han cautivado al mismo Dios.
Si Dios está enamorado de la Virgen por su belleza sin igual, pensemos ¡qué clase de belleza tendrá María!, ya que Dios conoce sobre belleza, y si está enamorado de la Virgen, es porque Ella es bellísima.
También nosotros enamorémonos de María, y seremos felices ya en este mundo. Y rezando el Rosario todos los días es como nos unimos cada día más estrechamente a la Virgen.

9.12.2011

Docenario guadalupano

Docenario guadalupano



Por el padre Joaquín Gallo Reynoso, sacerdote jesuita

Santa María de Guadalupe, Madre, Cuna  y Bandera de México

 Estamos en el Mes de la Patria.
En esta ocasión con muchos dolores por las desgracias múltiples en el país como las de Monterrey, Torreón y otros lugares así como por las lluvias intensas y otras calamidades  por los temporales en varias ciudades y Estados de la república. Pedimos por todas las familias afectadas especialmente en estos días en que celebramos las fiestas del nacimiento de la Virgen, Su Santísimo nombre —el 12— y sus dolores, el 15. ¡Buenos dolores que le hemos causado desde 1921, ya como nación reconocida!  Hemos de reparar a nuestro país con la fuerza de su Hijo Amado y la que  Ella nos alienta a poner en obra.
Estamos contemplando a nuestra Madre como maestra de vida y acción, para que, conociéndola más , le abramos el corazón para que nos acerque a su Hijo amado. Queremos seguir aprendiendo de Ella a ser buenos discípulos y misioneros suyos. En esta ocasión vamos a reflexionar sobre el papel de María en México como Madre, Cuna y  Bandera de nuestro país para que esto nos disponga a ser mejores discípulos, misioneros y servidores  de nuestros hermanos. Por supuesto que son pinceladas que cada quien irá enriqueciendo dado que hay mucha riqueza en este tema y ya hemos tocado estos puntos en diferentes ocasiones.

Primera consideración: María se presentó  a Juan Diego y a su pueblo como Madre que estaba preocupaba por el bienestar de todos.
La Madre de México, Señora del Tepeyac, salió al encuentro de Juan Diego y su pueblo cuando la situación era insoportable para el mismo obispo recién nombrado. Como buena Madre vino a asistirlos personalmente ante las angustias y dolores, penas y aflicciones de todos ellos, como se lo dijo a Juan Diego (N.M.32). Así lo hizo Jesús en su tiempo. En estas situaciones dolorosas de nuestro país Ella nos sigue asistiendo y motivando para que hagamos lo mismo que Jesús y Ella han hecho por nosotros y así seamos  buenos discípulos y misioneros del Señor. Hagamos lo que esté de nuestra parte para levantar a México como Ella nos levanta y nos seguirá levantando siempre.
Jaculatoria  apropiada: Reina de la nación México te proclama;    Lazo de nuestra unión; Vida de nuestra Patria.

Segunda consideración: María educó como discípulos obedientes a San Juan Diego, al obispo y al pueblo  y así se logró su encargo.
La salvación que Dios nos ofrece, centrada en Cristo, nos puede llegar de muy diversas maneras; Él es el que nos convoca y capacita para que su plan de salvación llegue a todos. Pero requiere  de nuestra colaboración consciente, libre y animosa. El papel de los padres como educadores de las nuevas generaciones es intransferible, ellos lo tienen que hacer, no hay sustitutos. Por eso Dios nos envió a María como verdadera Madre a acunar al nuevo pueblo que nació bajo “Su protección, amparo, auxilio y defensa” (N.M. 28 ).  Confiemos que así nos seguirá ayudando, acunando, fortaleciendo, consolando… para que hagamos lo mismo con los más necesitados de amor, compasión y apoyo al estilo de lo que Ellos hacen por nosotros…

Tercera consideración: Con la entrega de las flores la Virgen se convirtió  en testigo privilegiado y fidedigno  de la misericordia de Dios.
 La Virgen selló su actuación materna de una manera sensible, cordial, comprometida. Al dar las flores al pueblo y al obispo, a través de Juan Diego, se comprometió con la verdad de Dios a continuar haciendo su servicio materno y promotor con el nuevo pueblo que Dios estaba engendrando a través de Ella. Gracias a Juan Diego, al obispo, a Juan Bernardino y muchos más esta tierra pudo dar su fruto como primicia de los pueblos de América Latina que seguirían el camino iniciado en México por Dios y por María. Agradezcamos este testimonio y hagamos lo que hoy nos corresponde a todos como verdaderos discípulos y misioneros de Jesús y de María.

Cuarta consideración: Nuestro pueblo aceptó y recibió a María como Madre, quien sirvió a México como cuna de una nueva raza a la que Dios ha comprometido…
 Lo que Dios y María hicieron con nuestro pueblo ha sido original y único. Ninguna otra nación de la tierra ha nacido bajo tales cuidados de Dios y de María; ni el pueblo de Israel porque Ella todavía no había nacido… Con razón el Papa Benedicto XIV en el siglo XVIII dijo al conocer el acontecimiento mexicano de la Virgen, la frase del salmo que siempre se había aplicado a Israel: “Dios no ha hecho cosa igual con ninguna otra nación” (Salmo 147, al finalizar). Juan Pablo II lo entendió tan claramente que la proclamó: Madre de las Américas: Del Continente y las islas… Sintámonos felices y responsables, para hacer un México digno, cordial y habitable para todos, como buenos hijos misioneros de Dios y de María.

 Quinta consideración: El pueblo mexicano desde hace siglos, conquistado por el amor de María, la eligió como su Bandera, y nosotros seguimos eligiéndola como Maestra de vida y Bandera de identidad mexicana y misionera.
 Desde los inicios del Acontecimiento Guadalupano,  como dice con devoción el Nican Mopohua,  “… toda esta ciudad, sin faltar nadie, se estremeció cuando vino a ver, a admirar su preciosa imagen…” (214). Esto ha sido real desde ese tiempo, el Virreinato, la Independencia, la época revolucionaria, la lucha Cristera y todavía sigue sucediendo continuamente en la Basílica del Tepeyac y en todos los lugares, casas, comercios, carreteras donde veneramos a nuestra gloriosa Madre,“ la Guadalupana, que ha demostrado que tanto nos ama”. Con razón tantas novenas, peregrinaciones, cantos y otras muchas expresiones  dedicadas a Ella. Pero nos falta asumir, como verdaderos discípulos del Señor y de María, nuestro compromiso  social por los más débiles… Ella será la que nos ayude, como Madre y Maestra, a despertar a nuestro pueblo dormido para un trabajo concientizador, dinámico y bien planeado que, enarbolándola como Bandera nacional, pueda llevar a México por caminos de paz, justicia y solidaridad para todos. Confiemos en Ella, en Jesús y en nosotros mismos, para hacerlo.

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