7.13.2011

CORONILLA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

CORONILLA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Dígnate aceptar mis alabanzas, Virgen Santísima.
Dame fuerzas contra tus enemigos.
CORONA DE SANTIDAD
Padre nuestro.
Dios te salve, María.
Bienaventurada eres, Virgen María,
que llevaste en tu seno al Señor y Creador del mundo;
engendraste al que te formó,
permaneciendo siempre virgen.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Dios te salve, María.
Oh Virgen Santa e Inmaculada,
no sé con qué alabanzas honrarte dignamente,
porque llevaste en tu seno
al que no pueden contener los cielos.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Dios te salve, María.
Muy hermosa eres, oh María,
no hay en ti mancha alguna.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Dios te salve, María.
Hay más virtudes en ti, Virgen María,
que estrellas en el cielo.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Gloria al Padre, y al Hijo...

CORONA DE PODER

Padre nuestro.
Dios te salve, María.
Gloria a ti, Reina del universo:
condúcenos contigo a la felicidad del cielo.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Dios te salve, María.
Gloria a ti, Tesorera de las gracias del Señor;
danos participar en los dones de Dios.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Dios te salve, María.
Gloria a ti, Mediadora entre Dios y los hombres;
haz que sea más íntimo nuestro encuentro con Cristo.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Dios te salve, María.
Gloria a ti, Triunfadora sobre las fuerzas del mal;
sé nuestra piadosa guía por los senderos del evangelio.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Gloria al Padre, y al Hijo...

CORONA DE BONDAD

Padre nuestro.
Dios te salve, María.
Gloria a ti, Refugio de los pecadores;
intercede por nosotros ante el Señor.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Dios te salve, María.
Gloria a ti, Madre de los hombres;
enséñanos a vivir como hijos de Dios.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Dios te salve, María.
Gloria a ti, Alegría de los justos;
condúcenos contigo a las alegrías del cielo.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Dios te salve, María.
Gloria a ti, prestísima Ayuda nuestra en la vida y la muerte:
llévanos contigo al reino de los cielos.
Regocíjate, Virgen María.
¡Regocíjate mil veces!
Gloria al Padre, y al Hijo...

ORACIÓN

Dios te salve, María,
Hija de Dios Padre,
Madre de Dios Hijo,
Esposa del Espíritu Santo,
Templo augusto de la Santísima Trinidad.
Dios te salve, María,
Señora mía, mi tesoro, mi belleza,
Reina de mi corazón,
Madre, vida, dulzura
y esperanza mía queridísima,
–más aún– mi corazón y mi alma.
Soy todo tuyo, oh Virgen benditísima,
y todo lo mío es tuyo.
More en mí tu alma
para engrandecer al Señor.
More en mí tu espíritu
para regocijarme en Dios.
Oh Virgen fidelísima:
ponte como un sello sobre mi corazón,
para que en ti y por ti
permanezca fiel al Señor.
Concédeme, por tu bondad,
la gracia de contarme en el número
de los que amas, enseñas, diriges,
nutres y proteges como a hijos.
Haz que, despreciando por tu amor
todos los consuelos terrenos,
aspire continuamente a los bienes celestiales,
hasta que por medio del Espíritu Santo,
tu Esposo fidelísimo,
y de ti, Esposa suya fidelísima,
sea formado en mí Jesucristo, tu Hijo,
para gloria del Padre celestial.
R/. Amén.

7.12.2011

Confiando en María

Confiando en María

Le hemos costado mucho a María.
Le hemos costado mucho a María como para que Ella se desentienda de nosotros los hombres y nos deje a la deriva. Ella recuerda muy bien lo que sufrió su Hijo, el adorable Corazón de Jesús y su Inmaculado Corazón, en la crucifixión y luego de ella. Por eso si hay que confiar en Dios, sabiendo que nos ama porque entregó a su propio Hijo por nosotros; también debemos confiar en María, que entregó más que su propia vida, entregó a su mismo Hijo a la muerte por nuestra salvación. ¿Y pensamos que ahora María puede dejarnos de lado y no recordar que somos el precio de la Muerte de Jesús?
¡No desconfiemos de María! No hay que desconfiar de Dios, de su bondad infinita. Pero mucho menos debemos desconfiar de María, ya que en Ella no hay nada de terrible, sino que es toda dulzura y bondad para sus hijos descarriados.
Cada vez que María nos ve, Ella ve sobre nosotros la Sangre preciosa de Jesús, y por esa Sangre intercede por nosotros e interviene de mil maneras en nuestra vida para conducirnos al camino del bien, para llevarnos al Cielo.
Primero fallarán el Cielo y la Tierra, antes que nos falte la ayuda y gracia de María, nuestra Madre bendita.

Docenario guadalupano

Docenario guadalupano


Por el padre Joaquín Gallo Reynoso, sacerdote jesuita

Discipulado y misión en el acontecimiento guadalupano. Celebrar con Jesús y María de Guadalupe. Celebraciones eclesiales.
En todas partes del mundo constatamos que los humanos hemos celebrado cantidad de hechos, signos, personas y hasta fechas de luto; no podemos vivir sin celebrar, sin celebrarnos. La condición humana nos lleva a la celebración con familiares, amigos, vecinos, parientes, en los sitios más diversos y a las horas más insospechadas. Celebrar es vivir. Dime con quiénes celebras y te diré qué tanto has aprovechado tu vida para vivir con más alegría…

En estos días de julio hay muchas celebraciones porque muchos niños, adolescentes y jóvenes terminan alguna etapa importante o simbólica de su vida, y la familia y las instituciones educativas invitan a celebrar estos sucesos. Al parecer, muchos esperamos celebrar algo en estas vacaciones. Entre las más esperadas son algunas festividades religiosas. En este mes acabamos de tener las del Sagrado Corazón de Jesús, el Inmaculado Corazón de María, Santo Tomás Apóstol y festejaremos algunos otros con sus fiestas especiales como las Pamplonadas de San Fermín en España, Santa María Magdalena y San Ignacio de Loyola, entre otras.

Nosotros, como jesuitas, además de la anterior celebraremos los 400 años de que fue aprobado por el Rey de España que se abriera un colegio de estudios superiores en Mérida el 16 de junio de 1611. Celebremos pues.

Sin embargo, no es todo felicidad; ya hemos visto las barbaridades cometidas aquí por el “paso deprimido” del Paseo Montejo que nos puso en verdadera depresión espiritual a muchísimos al constatar la brutalidad de los porros comprados para el caso. Roguemos por Mérida y por los causantes y responsables de semejante atropello. Por lo pronto contemplemos aspectos muy bellos de nuestra vida cristiana católica y Guadalupana para celebrarlos con alegría.

Primera consideración: Celebramos a Dios. La Sagrada Familia y sus celebraciones.

En nuestra vida hay ocasiones en que captamos que Dios es Dios, no cualquier persona. Es el caso de un nacimiento, una celebración bautismal o de la Eucaristía, de una ordenación sacerdotal… En Israel, las celebraciones religiosas eran el centro festivo del pueblo pues habían hecho una alianza especialísima con Dios como pueblo de “su propiedad…” y le dedicaban desde música y danzas como ofrendas en el templo de Jerusalén.


La Sagrada Familia participó, en su tiempo, en estas celebraciones para unirse al regocijo de su pueblo.

Unámonos a esta familia tan especial y demos gracias a Dios por tantos beneficios recibidos (Lc 2, 22-24 y 41-42). Jaculatoria apropiada: Celebremos a Dios, con alegría, unidos a nuestra Madre, María.



Segunda consideración: Jesús, sus Apóstoles y discípulos celebraban las fiestas tradicionales de Israel.

En las narraciones que nos ofrecen los evangelistas contemplamos cómo Jesús fue varias veces con sus Apóstoles y discípulos a Jerusalén. Estaban inculturados plenamente en la vida y celebraciones del pueblo elegido por Dios. Unámonos a ellos para celebrarlo (Lc 8, 1-3; Mt 21, 1-11).


Tercera consideración: La Gran Celebración Eucarística de Jesús en su tiempo. María y los Apóstoles, discípulos, herederos y misioneros transmisores de la celebración Eucarística del Señor. Para nuestra alegría y fortalecimiento espiritual, para quedarse entre y con nosotros, como lo prometió, el Señor Jesús instituyó el Sacramento de la Eucaristía para estar en una Pascua permanente entre nosotros. Sus Apóstoles continuaron esta maravillosa tradición. María misma participó en celebraciones eucarísticas de los Apóstoles en que comulgó el cuerpo y sangre del Señor a quien ella había dado vida. Imaginemos el gozo que tuvo en esas ocasiones y el mismo gozo del Señor al estar en su madre. Hoy seguimos celebrando su entrega, amor y sacrificio a favor nuestro y celebramos, también, su glorioso triunfo.


Participemos con Él, somos ahora nada menos que sus invitados, y a un amigo así no se le deja sin responder a la invitación (Lc 22, 7-20).


Cuarta consideración: El pueblo nahua, al que perteneció Juan Diego, en y con sus antiguas celebraciones religiosas, y otros pueblos mesoamericanos, con las suyas, fueron preparando las celebraciones cristianas en estos territorios.


Los ritos que usaron los antiguos mexicas y las variadas etnias vecinas celebraban de muchas maneras, y hasta con sacrificios humanos, al dios sol, al que, según ellos, los llenaba de vida y de regalos.


Establecieron también otras fiestas impresionantes en que todo el pueblo entero celebraba con regocijo los triunfos de sus dioses, los acontecimientos benéficos como la lluvia, la cosecha y hasta los muertos. Cuando llegaron los evangelizadores cristianos encontraron la tierra abonada para que aquellos pueblos y culturas entendieran el amor y la entrega de Cristo por nosotros y así conocieron y aceptaron el sentido de la Cruz, de las imágenes cristianas y tantas cosas más.


Alabemos la providencia divina que así lo dispuso.

Quinta consideración: Los pueblos indígenas, los españoles, los criollos y mestizos del altiplano mexicano celebraron con especiales fiestas la misión Mariana Guadalupana.


Gracias al Acontecimiento Guadalupano, con María como evangelizadora de Jesús y misionera suya, los indígenas comprendieron, en germen, su propia misión: tenían que ser discípulos y misioneros de Jesús y de María. Ante este hecho, los peninsulares, venidos de España, y sus descendientes comprendieron también la misión que Dios les daba y celebraron en grande estos sucesos, como consta en la Historia y el relato del Nican Mopohua(número 197-218).


Démosle gracias a Dios y a María por estos acontecimientos que nos invitan a celebrarlos con todo el corazón.

Textos bíblicos de apoyo: número 6, 22-27; 8, 5-16; 9, 1-5. 1Reyes, 8, 2-13; Hech 6, 1-7; 1Cor 11, 23-28; Heb 9, 1-9; Apoc 19, 1-10; 21, 22-27 y 22, 1-5.

Textos del Documento de Aparecida: 91, 92, 93, 99b; 258 a 265 y 549.


** Para la gloria de Dios y de Santa María de Guadalupe **

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