3.22.2011

MARÍA SANTÍSIMA,


MARÍA SANTÍSIMA,  COLABORADORA DE
LA SANTISIMA TRINIDAD
Dios Padre creó un depósito de todas las aguas y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias y lo llamó María. El Dios omnipotente posee un tesoro o almacén riquísimo en el que ha encerrado lo más hermoso, refulgente, y precioso que tiene, incluido su propio Hijo. Este inmenso tesoro es María Santísima, a quien los santos llaman el Tesoro de Dios, de cuya plenitud se enriquecen los hombres. (n.23)

Dios Hijo comunicó a su Madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos infinitos y virtudes admirables, y la constituyó tesorera de todo cuanto el Padre le dio en herencia. Por medio de Ella aplica sus méritos a sus miembros, les comunica virtudes y les distribuye sus gracias. María constituye su canal misterioso, su acueducto, por el cual hace pasar suave y abundantemente sus misericordias. (n.24)

Dios Espíritu Santo comunicó a su fiel Esposa, María, sus dones inefables y la escogió por dispensadora de cuanto posee. De manera que Ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y cuando quiere todos sus dones y gracias. Y no se concede a los hombres ningún don celestial que no pase por sus manos virginales. Porque tal es la voluntad de Dios que quiere que todo lo tengamos por María. Y porque así será enriquecida, ensalzada y honrada por el Altísimo la que durante su vida se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la nada por su humildad. Estos son los sentimientos de la iglesia y de los Santos Padres. (n.25)
 
(San Luis María Grignión de Monfort

El salterio de María.

El salterio de María. 

Desde que Santo Domingo estableció esta devoción, hasta el año 1460, en que el Beato Alano lo restauró por orden del cielo, se la denominó el salterio de Jesús y de la Santísima Virgen. Porque contiene tantas avemarías como salmos tiene el salterio de David y porque los sencillos e ignorantes que no pueden rezar el salterio davídico sacan de la recitación del santo rosario tanto o mayor fruto que el que se consigue con la recitación de los salmos de David: 1.º, porque el salterio angélico tiene un fruto más noble, a saber: el Verbo encarnado, a quien el salterio de David solamente predice; 2.º, porque así como la realidad supera a la imagen y el cuerpo a la sombra, del mismo modo el salterio de la Santísima Virgen sobrepasa al de David, que sólo fue sombra y figura de aquél; 3.º, porque la Santísima Trinidad compuso directamente el salterio de la Santísima Virgen, es decir, el rosario, compuesto de padrenuestros y avemarías. 
(De “El Secreto Admirable del Santísimo Rosario”, de San Luis M. Grignion de Montfort) 
Comentario: 
El Rosario es el salterio de María, es decir, que las ciento cincuenta avemarías del Rosario vienen a ser como los ciento cincuenta salmos de David, y quien reza el Rosario está rezando la mejor oración bíblica, mejor incluso que los salmos, porque las oraciones del Rosario están compuestas por Dios mismo.
No despreciemos el Rosario sino recémoslo con amor y sencillez, porque no hay nada más agradable al Corazón de María, que oír nuestras voces rezando el Santo Rosario. Pero recémoslo con el corazón, poniendo todo nuestro sentimiento en las verdades y misterios que contemplamos, ya que así es como obtendremos frutos de esta celestial devoción.
En estos tiempos es necesario aumentar nuestra confianza en Dios y en María, y quien rece el Rosario frecuentemente, obtendrá esta gracia de confiar cada vez más en María, y de unirse cada día más estrechamente a Ella, con el consiguiente alejamiento del demonio de su lado, puesto que donde está María no puede estar también Satanás.

3.14.2011

3.12.2011

Docenario guadalupano

Docenario guadalupano

Por el padre Joaquín Gallo Reynoso, sacerdote jesuita


Juan Diego, discípulo y misionero de Dios y de María
Estamos contemplando este año cómo vivieron su discipulado y misión los principales actores del Acontecimiento Guadalupano de 1531. Hoy contemplaremos la obra de Dios en San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y su propia respuesta.
Ésta nos puede ayudar a ver cómo evangelizar y vivir aquí y ahora en nuestra diócesis que tiene como lema para este año “Pueblo de Dios en camino” y que para este tiempo de Cuaresma nos señala como objetivo vivir reconciliándonos en comunidad dentro de un dinamismo de reconciliación permanente. Juan Diego se convirtió al Verdaderísimo Dios y tuvo que vivir, con el impulso recibido a través de la Virgen, en plena reconciliación con los que le estorbaron su camino al Obispo y con los que eran de otras etnias que la suya y a quienes evangelizó también apoyado en la Reina del Tepeyac.

Su ejemplo e intercesión nos ayudarán a vivir como fervorosos discípulos y misioneros del Señor Jesús, portadores de reconciliación y amor capaces de generar la unidad en el Pueblo de Dios que camina en Yucatán.

Pidamos por nuestro país tan dañado por tantas posturas irreconciliables. Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para una conversión más profunda y sincera de nuestra parte y vamos a prepararnos para peregrinar el 2 de abril a Ichmul en nuestro camino diocesano de conversión y reconciliación. Las notas del Documento de Aparecida que pongo al final nos ayudarán a entusiasmarnos para vivir con más fortaleza nuestra vida cristiana y reconciliación permanente.

Primera consideración: Juan Diego acepta al verdadero Dios por quien vivimos, revelado por el Señor Jesús y Santa María de Guadalupe.

Gracias a la intervención directa de la Virgen y de la presentación que Ella hace de Dios (N.M. 26) y de Sí misma (26, 27 y 28), San Juan Diego cambia su concepción de Dios y acepta la nueva visión que le ofrece María. Aprendamos de Juan Diego a valorar lo que la Iglesia Católica sabe y ha propuesto sobre la realidad divina y aceptemos la maternidad espiritual de María sobre nosotros. Jaculatoria apropiada: Juan Diego del Tepeyac, misionero de María; ayúdanos a llevar a Jesús, con alegría, a toda casa y lugar.

Segunda consideración: San Juan Diego aceptó salir del temor y del miedo que sentía a un servicio comprometedor (N.M. 147-157). Una vez que Juan Diego fue por primera vez con el Obispo a darle el recado de María y éste no le creyó volvió con María muy desalentado. María lo levantó de su frustración y Juan Diego aceptó ir al día siguiente con el Obispo a quien vio después de algunas dificultades. Aprendamos de María a dar aliento a quienes caminan  desalentados en la vida y de Juan Diego a superar nuestras penas, limitaciones, inseguridades y temores.

Tercera consideración: San Juan Diego es liberado de sus prejuicios, costumbres y angustias y se arriesga a creer plenamente (N.M. 99-116, 122-124, 171-177 y 194-207). Con la fortaleza que María le comunicó a Juan Diego él aceptó, el día 12, que había flores en el cerro del Tepeyac, sin haberlas visto, y que su tío Juan Bernardino había sido liberado de su enfermedad por mediación de María, aunque no hubiera ido el sacerdote a confesarlo para que se dispusiera a morir. Esto no lo pudo constatar sino hasta el día siguiente… Nuestra fe necesita crecer continuamente, pidámosle a Nuestra Madre nos alcance esta gracia de Su Hijo Amado.

Cuarta consideración: San Juan Diego cumple su misión de comprometer al Obispo a favor del mensaje guadalupano (N.M. 70-74; 158-193).

Gracias a la intervención cariñosa, oportuna y maravillosa de María, Juan Diego logró que el Obispo recibiera el mensaje divino y mariano y con eso todos salimos ganando. Agradezcámosle a nuestro maestro nacional de la fe y la acción a poner “todo lo que esté de nuestra parte”, como le dijo María, para que el Reino de Dios esté más presente para
tod@s.
Quinta consideración: San Juan Diego, misionero de la Nueva Evangelización. Una vez convertido al verdadero Dios, consciente de su dignidad y enamorado de María, Juan Diego se dedicó los 17 años restantes de su vida a andar predicando la Buena Noticia en la pequeña ermita dedicada a María en el Tepeyac, y en sus idas y vueltas por las poblaciones por donde pasaba para ir a su población de origen —Cuautitlán— y al lugar donde vivía, Tulpetlac.

Por tantas idas y vueltas por esos lugares  lo bautizaron como “El peregrino”. Aprendamos a peregrinar por todas partes llevando el Evangelio, la gran noticia de que Dios nos ama y de que María es nuestra Madre Amorosa, como lo vino a comprobar tan maravillosamente al Tepeyac.

Apoyos bíblicos: Is 49, 1-6; 50, 4-5; Eclo (Sirácide): 24, 23-31; Salmo 147; Gal 4, 4-7; Lc 1, 39-48.
Documento de Aparecida (D.A.): 1, 30, 31, 32, 259, 275, 366, 501, 502, 530, 534, 535, 364 y el párrafo del papa Benedicto XVI al finalizar su conclusión en el discurso de apertura de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano en el que habló de Juan Diego al presentar el icono que regaló a la Conferencia.

3.10.2011

Unión con Dios.


Unión con Dios. 
El Rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través –podríamos decir– del Corazón de su Madre.
 (De la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae
Comentario: 
La santidad consiste en la unión con Dios. Y si el rezo del Santo Rosario nos une a Jesús a través del Corazón Inmaculado de María, entonces cada vez que rezamos el Rosario nos hacemos más santos, pues nos unimos más estrechamente a Jesús, que es Dios.
Cuando rezamos el Rosario no solo recordamos cosas pasadas de la vida del Señor, sino que misteriosamente vuelven a hacerse presente esos episodios. Es algo muy parecido a lo que ocurre en la Santa Misa, por eso el Santo Rosario es, después de la Misa, la oración más eficaz para nuestra santificación y la salvación del mundo entero, y para defendernos del demonio y de todo mal.
Luego el Papa Juan Pablo II agregará a estos misterios, los luminosos, que nos llevan a meditar en la vida de Jesús y de su Madre.
Ojalá pudiéramos rezar cada día el Rosario completo, es decir, los veinte misterios, pues de esa forma estaríamos contemplando toda la vida de Jesús y de su Madre.
¡Qué felices seríamos si comenzáramos a rezar más Rosarios!, porque el rezo del Rosario nos trae alegría, consuelo, paz, fortaleza y todos los dones y gracias de Dios y de su Madre.
Benditos seamos nosotros si rezamos el Rosario, pues Dios ya nos bendice desde este mundo, y luego en el Cielo confirmará esa bendición.

3.07.2011

LA CUARESMA

 





 LA CUARESMA

GRAN RETIRO ESPIRITUAL QUE DURA 40 DÍAS

Ángelus, Miércoles  6 de febrero de 2008
¡Queridos hermanos y hermanas!

Hoy, Miércoles de Ceniza, volvemos a emprender, como todos los años, el camino cuaresmal animados por un espíritu más intenso de oración y de reflexión, de penitencia y de ayuno. Entramos en un tiempo litúrgico «intenso» que, mientras nos prepara para las celebraciones de la Pascua, corazón del año litúrgico y de toda nuestra existencia, nos invita, es más, nos provoca a imprimir un impulso más decidido a nuestra existencia cristiana.
Dado que los compromisos, los afanes y las preocupaciones nos hacen volver a caer en la rutina, exponiéndonos al riesgo de olvidar hasta qué punto es extraordinaria la aventura en la que nos ha involucrado Jesús, tenemos necesidad, cada día, de comenzar de nuevo nuestro itinerario exigente de vida evangélica, retirándonos en nosotros mismos a través de momentos de pausa que regeneran el espíritu. Con el antiguo rito de la imposición de las cenizas, la Iglesia nos introduce en la Cuaresma como en un gran retiro espiritual que dura cuarenta días.
Entramos, por tanto, en el clima cuaresmal, que nos ayuda a redescubrir el don de la fe recibida con el Bautismo y nos lleva a acercarnos al Sacramento de la Reconciliación, poniendo nuestro compromiso de conversión bajo el signo de la Misericordia Divina. En los orígenes, en la Iglesia primitiva, la Cuaresma era el tiempo privilegiado para la preparación de los catecúmenos a los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía, que se celebraban en la Vigilia pascual. Se consideraba la Cuaresma como el tiempo para hacerse cristianos, que no se vivía en un solo momento, sino que exigía un largo camino de conversión y renovación.
Al imponer sobre la cabeza las cenizas, el celebrante dice: «Polvo eres y en polvo te convertirás» (Cf. Génesis 3, 19), o «Convertíos y creed en el Evangelio» (Cf. Marcos 1, 15). Ambas fórmulas recuerdan la verdad de la existencia humana: somos criaturas limitadas, pecadores que siempre necesitamos penitencia y conversión. ¡Qué importante es escuchar y acoger este llamamiento en nuestro tiempo! Cuando proclama su total autonomía de Dios, el hombre contemporáneo se convierte en esclavo de sí mismo, y con frecuencia se encuentra en una soledad desconsolada. La invitación a la conversión es, por tanto, un impulso a volver a los brazos de Dios, Padre Misericordioso, a fiarse de Él, a encomendarse a Él como hijos adoptivos, regenerados por su Amor. Con sabia pedagogía la Iglesia repite que la conversión es ante todo una gracia, un don que abre el corazón a la infinita bondad de Dios. Él mismo anticipa con su gracia nuestro deseo de conversión y acompaña nuestros esfuerzos hacia la plena adhesión a su voluntad salvífica. Convertirse quiere decir, entonces, dejarse conquistar por Jesús (Cf. Filipenses 3, 12) y «volver» con Él al Padre.
La conversión implica por tanto seguir humildemente las enseñanzas de Jesús y caminar siguiendo dócilmente sus huellas. Son iluminantes las palabras con las que Él mismo indica las condiciones para ser sus auténticos discípulos. Después de haber afirmado que «...quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará», añade: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Marcos 8, 35-36).
(...) l camino cuaresmal de conversión, que hoy emprendemos con toda la Iglesia, se convierte, por tanto, en la ocasión propicia, «el momento favorable» (Cf. 2 Corintios 6, 2) para renovar nuestro abandono filial en las manos de Dios y para aplicar lo que Jesús sigue repitiéndonos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Marcos 8, 34), y de este modo emprenda el camino del amor y de la auténtica felicidad.
En el tiempo de Cuaresma, la Iglesia, dando eco al Evangelio, propone algunos compromisos específicos que acompañan a los fieles en este itinerario de renovación interior: la oración, el ayuno y la limosna .
.. Al presentarnos la práctica de la limosna, la Iglesia nos educa a salir al paso de las necesidades del prójimo, a imitación de Jesús, que, como observa san Pablo, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (Cf. 2 Corintios 8, 9).
Queridos hermanos y hermanas: pidamos a la Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, que nos acompañe en el camino cuaresmal, para que sea un camino de auténtica conversión. Dejémonos guiar por Ella y llegaremos interiormente renovados a la celebración del gran misterio de la Pascua de Cristo, revelación suprema del Amor Misericordioso de Dios. ¡Buena Cuaresma a todos!

Confiando en María

Confiando en María


Confianza en las caídas.

Es fácil confiar en María en los momentos de paz y gracia de Dios. Pero a veces es difícil confiar en Ella cuando hay dolor o preocupación en nuestra vida, y tal vez hemos caído en pecados muy graves. Pero justamente es ahí donde más tenemos que confiar en la Virgen, que es la Abogada y Refugio de los pecadores y el Auxilio de los cristianos.

Con María suele darse una regla inversa, y es que cuando más grande y grave ha sido nuestro pecado, tanto más derecho tenemos a su amor y perdón, y Ella tanto más nos busca y quiere consolar y levantar, porque le hemos sido arrebatados de sus manos por Satanás, y entonces María nos quiere recuperar con más ansias que si nunca nos hubiéramos ido de su lado.

Entonces no debemos tener miedo, ¡nunca!, porque sabemos muy bien que no tenemos que pecar, pero si pecamos, María está dispuesta a levantarnos del pecado y colocarnos nuevamente en la amistad con Dios.

No desconfiemos nunca de María, porque Ella es Madre, con todo lo que significa esa palabra, y sabe compadecer las miserias más grandes. En Ella no hay nada de terrible, y es toda dulzura para con sus hijos, especialmente para los perdidos y abatidos.

3.06.2011

Un pensamiento

Un pensamiento

Si no hubiera Fe los hombres te llamarían diosa. Tus ojos resplandecen más que el sol, eres hermosa, Madre, me glorío, ¡Te quiero!
(San Pío de Pietrelcina) 
Comentario: 
Y basta solo pensar que María es inferior solamente a Dios, y que Dios mismo no pudo hacer a la Virgen más perfecta de lo que es, porque si no lo hubiera hecho.
En el Cielo seremos felices con ver a Dios. Pero tendremos una felicidad especial al contemplar a María, porque hasta el mismo Dios se deleita viendo a la Virgen, y el Paraíso entero admira a esta Flor perfecta.
Debemos amar muchísimo a María, y amarla en cierto sentido como al mismo Dios, pues Jesús en su Evangelio nos ha dicho que tenemos que amar al prójimo como Él nos ha amado, es decir, infinitamente. Y María es nuestro prójimo más perfecto, después de Dios.
Pensemos también que si bien María le ha dado al Verbo de Dios la naturaleza humana; el Verbo le ha dado a María su naturaleza divina; y lo que Dios es y puede por naturaleza, María lo es y lo puede por gracia de Dios. Por eso la criatura más semejante a Dios es María, que es una simple criatura, pero está en los límites de la divinidad.

3.01.2011

Madre de la Divina Providencia

Madre de la Divina Providencia

CONFIANZA EN DIOS Y ATENCIÓN,
SIN ANGUSTIA, A LA VIDA DIARIA

El Papa Benedicto XVI en la meditación antes del rezo del Ángelus del Domingo 27 de febrero exhortó a confiar en el Amor de Dios y en su auxilio y a invocar a María Santísima, Madre de la Divina Providencia, a encomendarle nuestra vida, la Iglesia y los aconteceres de la historia, aprendiendo a vivir sobria y laboriosamente y respetando la Creación.
Benedicto XVI hizo resonar en su alocución una de las palabras más conmovedoras de la Sagrada Escritura, que el Espíritu Santo nos regala mediante el profeta Isaías, cuando consolando a Jerusalén asolada por las desventuras, le dice: ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, Yo no te olvido». (Is 49,15)

Invitación a la confianza en el indefectible Amor de Dios: el Santo Padre se refirió a cuando Jesús exhorta a sus discípulos a confiar en la providencia del Padre celestial, que alimenta a las aves del cielo y viste los lirios del campo y que conoce toda necesidad nuestra. Por lo que el Maestro dice: «No andéis preocupados diciendo ¿Qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber? ¿con qué nos vamos a vestir? Que de todas esas cosas se afanan los gentiles y ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de todo eso». Todo ello, aclaró Benedicto XVI no es fatalismo o ingenuidad:
«Ante la situación de tantas personas, cercanas o lejanas, que viven en la miseria, lo que dice Jesús podría parecer poco realista y evasivo. En realidad, el Señor quiere hacer entender claramente que no se puede servir a dos señores: a Dios y a la riqueza. El que cree en Dios Padre lleno de amor por sus hijos, pone en primer lugar la búsqueda de su Reino, de su Voluntad. Todo lo contrario de lo que es el fatalismo. Pues la fe en la Providencia no despensa de la fatigosa lucha por una vida digna, sino que libera de la preocupación por las cosas y del miedo del mañana».

En este contexto, el Papa destacó que esta enseñanza de Jesús, aun permaneciendo verdadera y válida para todos, se practica de forma distinta según las diversas vocaciones:  
«Un fraile franciscano podrá seguirla de manera más radical, al tiempo que un padre de familia deberá tener en cuenta sus deberes hacia su esposa e hijos. Sin embargo, en todo caso, el cristiano se distingue por su absoluta confianza en el Padre celeste, como fue para Jesús. Justo la relación con Dios Padre es la que da sentido a toda la vida de Cristo, a sus palabras, a sus gestos de salvación, hasta su pasión muerte y resurrección. Jesús nos ha demostrado qué significa vivir con los pies bien plantados en la tierra, atentos a las situaciones concretas del prójimo, y, al mismo tiempo, teniendo el corazón en el Cielo, inmerso en la Misericordia de Dios».

El Santo Padre introdujo el rezo del Ángelus alentando a encomendarnos y a invocar a la Madre de Dios y de la Providencia en cada momento de nuestra vida:
«¡Queridos amigos, a la luz de la Palabra de Dios de este Domingo, os invito a invocar a la Virgen María con la advocación de Madre de la Divina Providencia. A Ella encomendemos nuestra vida, el camino de la Iglesia y los avatares de la historia. En particular, invoquemos su intercesión para que todos aprendamos a vivir según un estilo más sencillo y sobrio, en cotidiana laboriosidad y en el respeto de la Creación, que Dios nos ha encomendado para que la custodiemos!».


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