5.12.2011

Docenario guadalupano

Docenario guadalupano


Por el padre Joaquín Gallo Reynoso, sacerdote jesuita

 La Virgen, como Madre, y Juan Diego, como hijo, nos enseñan a ser discípulos de Jesús
Estamos en el mes de las mamás y nos vamos a regocijar con la alegría de contemplar a Nuestra Madre Amable, más feliz ahora en este tiempo pascual, como discípula y misionera de Dios. A su vez, Juan Diego nos enseñará cómo ser discípulos en esta hora difícil de México.

El panorama nacional de muerte y violencia ha visto una luz compartida por el país con la marcha por la paz, la dignidad, la justicia que se realizó el domingo pasado. Da gusto enterarse de
tant@s herman@s, familiares y amig@s nuestros que han salido a gritar que queremos un cambio. A lo mejor, por algunas circunstancias, no pudimos estar en esas marchas, por ejemplo por los apoyos y cuidados a las mamás o papás, a l@s hij@s, servicios pastorales u otros…
Aceptamos los retos y pedimos ser mejores discípul@s de Jesús y más preparad@s misioner@s para la hora que vivimos. Jesús, el que ha resucitado, nos ayudará a ir resucitando paso a paso, palmo a palmo a nuestro país, a nuestra ciudad, a nuestras familias. Confiemos y pongamos lo que esté de nuestra parte, como nos los pide Nuestra Madre, para mejorar tod@s. Pongámonos bajo su amparo total como lo hizo nuestro querido nuevo beato Juan Pablo II.

Primera consideración: Juan Diego se encontró con nuestra Madre en el Tepeyac.
El sábado 9 de diciembre iba Juan Diego a su clase de catecismo hacia Tlatelolco. Se había convertido hacía poco y ya estaba bautizado. Tenía 57 años y, sin embargo, teniendo que caminar al menos 11 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta el mismo día, con todo y todo iba a conocer más a Jesús, al Verdaderísimo Dios por quien vivimos. Para su sorpresa y misión futura ese día conoció de manera especialísima a “la Maravillosa Madre de Nuestro Salvador” (N.M. 75). Aprendamos de Él a vivir como
verdader@s discípul@s del Señor cueste lo que costare, Él vale la pena y nos apoya… Ella, desde luego. Nota: Les recuerdo: N.M. significa Nican Mopohua.
Jaculatoria apropiada: Jesús, Hijo amado de María; enséñanos a amarla como hijos de verdad.

Segunda consideración: Juan Diego hizo diligentemente los encargos de María.
Como buen hijo, San Juan Diego Cuauhtlatoatzin —el que habla como águila— cumplió con la Virgen: fue con el Obispo a quien, entre dificultades, logró convencer para que le construyera su casita a Santa María; vivió 17 años al cuidado de la ermita y de Ella, sobre todo, y fue estupendo misionero y catequista ante la gente de su pueblo todos esos años. Él nos ayude a convertirnos en verdaderas águilas de María y de Jesús para llevar su Buena Noticia…

Tercera consideración: María  consoló, confortó y  animó a Juan Diego como buena Madre.
Santa María de Guadalupe se presentó ante Juan Diego de manera oportunísima para consolarlo, confortarlo y animarlo en un momento desastroso para él y para el México recién conquistado de entonces. Ella sí que sabe intervenir a tiempo, como buena mamá, ante el dolor, penas y desastres de sus
hij@s. Confiemos en Ella y pidámosle que vuelva a actuar en México tan convincentemente y tan fuertemente como entonces. Quedaremos consolados, fortalecidos y animados por Ella…

Cuarta consideración: María hizo sentir a Juan Diego su propia dignidad y le confió su misión.
La Virgen, como buena Madre, ayudó a Juan Diego a salir de su postración y desencanto cuando el Obispo lo hizo menos y no quería escucharlo a profundidad. Se sintió herido y minusvalorado. Ella sí que lo puso en su lugar, le dio ánimo y lo devolvió a su propia dignidad humana, a su dignidad de  cristiano. Pidámosle que así lo haga con cada un@ de
l@s que necesitemos esto (N.M. 54-62).

Quinta consideración: Juan Diego aceptó su misión y María realizó la Alianza de Dios con nosotros gracias a que actuaron como verdaderos discípulos y misioneros del Resucitado.
El Acontecimiento Guadalupano no podría haber terminado mejor que como de hecho sucedió: el pueblo fue consolado, recibió ánimo, fue fortalecido en su fe, salió de unas tinieblas interiores que no le permitían vivir con alegría, iniciaron las construcciones de todo lo  que hoy constituye la casa mariana por excelencia de toda la Tierra… Hoy nosotros estamos felices de ellos y de todo lo sucedido y  lo festejamos en grande como ningún otro país en la Tierra.
¡Benditos ellos que cumplieron con Dios y con su pueblo! Dios y Ella esperan lo mismo de nosotros… (N.M. 209-218).

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